Nueve días después de que un glaciar se desprendiera en la cordillera del Himalaya, Nepal sigue contando sus muertos. Las autoridades han elevado la cifra a más de 1.200 fallecidos, y superan ya los 5.000 los desaparecidos, entre ellos varios cientos de extranjeros de más de una veintena de países.
El desastre arrancó con el colapso de un glaciar cerca de la frontera con el Tíbet, que arrastró rocas, hielo y agua de deshielo hacia los valles del Trishuli y el Bhotekoshi. La riada sepultó pueblos enteros y dejó comunicaciones cortadas durante días, lo que ha complicado el recuento real de víctimas: cada vez que los equipos de rescate llegan a una zona antes incomunicada, la cifra vuelve a subir.
Casi 12.000 personas han sido rescatadas hasta ahora, según la Autoridad Nacional para la Gestión y Reducción de Desastres. El Gobierno nepalí ha reconocido un problema logístico tan crudo como revelador: no tiene suficientes cámaras frigoríficas para conservar e identificar los cuerpos recuperados.
En el lado chino, la cifra oficial de muertos es menor, pero cientos de personas siguen sin aparecer. El precedente es claro: cuando el hielo del Himalaya se mueve, no avisa. Y la infraestructura de la región, una vez más, no estaba lista.