OpenAI presentó el 3 de septiembre GPT-6 Astra, el modelo que la compañía describe como «un salto generacional» y que, según su presidente Greg Brockman, marca el arranque de lo que llaman la era de la AGI: inteligencia artificial con capacidades generales comparables a las humanas. La frase con la que cerró la presentación —»bienvenidos a la era de la AGI»— ya circula como titular en medio mundo.
En términos simples: Astra maneja mejor una computadora que sus predecesores, navega solo, escribe software de punta a punta y resuelve tareas profesionales completas sin que alguien esté corrigiéndole cada paso. OpenAI lo vende como el modelo más capaz que ha sacado hasta ahora en ciencia, ingeniería de software y manejo de documentos y presentaciones.
Lo interesante no es solo la potencia, sino lo que preocupa a la propia OpenAI: Astra es también, según la compañía, extraordinariamente bueno detectando vulnerabilidades informáticas y desarrollando por su cuenta la forma de explotarlas. Por eso el lanzamiento se retrasó respecto a lo previsto, para añadir barreras de seguridad adicionales tras el incidente de Hugging Face de julio. Y por eso el primer acceso no fue público: llegó primero a las empresas del programa de ciberseguridad Daybreak, y solo después, escalonado en los días siguientes, a la API, a Amazon Web Services y a las cuentas de pago de ChatGPT (Plus, Pro, Business y Enterprise).
La cuenta también sube: en la API estándar, Astra cuesta 10 dólares por millón de tokens de entrada y 50 por millón de salida, dos veces y media la tarifa promocional que tenía el modelo anterior, GPT-5.6 Sol. Nada barato, pero tampoco sorprendente tratándose de la punta de lanza.
Que una empresa privada compita por soltar al mercado herramientas cada vez más autónomas —con todo y sus riesgos— sigue siendo mejor apuesta que dejar ese terreno en manos de un regulador que no entiende la tecnología que pretende controlar. La pregunta de fondo no es si Astra es peligroso, sino quién está mejor capacitado para ponerle límites: el mercado que lo probó, lo señaló y ya lo obligó a frenar una vez, o un burócrata que llega tarde a todo.