
Hoy miércoles 10 de diciembre se entrega el Premio Nobel de la paz a María Corina Machado, y esta es la fecha de partida para que EE.UU. desarrolle su campaña sobre Venezuela. ¿Cuáles podrían ser a la luz de los últimos movimientos, una vez fracasado el intento de Maduro de negociar su salida a cambio de impunidad y llevarse un botín de 200 millones de dólares para él, y sus más cercanos conmilitones?
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Existe una muy baja probabilidad de que EE.UU. lleve a cabo una invasión terrestre porque con las fuerzas que tiene desplazadas, aproximadamente una brigada de marines de alrededor de 4000 efectivos, no se invade un país. A lo más podrían llevar a cabo un desembarco en La Guaira y una toma del aeropuerto de Maiquetía. Pero existe una alta probabilidad de una campaña aérea prolongada, de baja intensidad pero de larga duración, antes de finalizar el año.
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La campaña aérea es prácticamente inevitable porque una retirada de EE.UU. sin ésta acarrearía un desprestigio de la potencia y daría alas al régimen chavista. Y todo ello sin menoscabo de las acciones de inteligencia encubiertas que ya se están desarrollando.
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El objeto de la campaña militar en ciernes no sería tanto eliminar a Nicolás Maduro y los elementos más visibles del régimen como propiciar un levantamiento interno del ejército que depusiera el régimen y diera paso a un régimen democrático.
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No se puede entender lo que está pasando en las costas de Venezuela sin la reactualización de la doctrina Monroe bajo una “doctrina Trump”, expuesta con la reciente Estrategia de Seguridad Nacional en la que se identifica a los principales adversarios estratégicos: Venezuela y Cuba (y secundariamente Nicaragua). El plan estadounidense se centraría en desmantelar la influencia de estos regímenes considerados hostiles a la hegemonía estadounidense en el hemisferio.
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Las élites venezolanas van a adoptar una estrategia basada en la resistencia prolongada contra los raids aéreos ya que, descartada una invasión terrestre, se apuesta por resistir los ataques aéreos hasta agotar la legislatura de Trump en la confianza de que la campaña de ataque conlleve una serie de bajas entre los civiles cuya debida explotación por medio de la propaganda en redes sociales no controladas por EE.UU. lo desacredite a desgastando su imagen entre el electorado latino y su desprestigio en toda Iberoamérica.
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Al efecto, Maduro ha intensificado sus medidas de seguridad implementando protocolos de protección avanzados (cambio constante de ubicaciones, celulares, aparición pública diferida), temiendo ataques de precisión quirúrgicos al tiempo que el ejército bolivariano aplicaría una doctrina de defensa basada en la “guerra popular prolongada” maoista: fusión cívico-militar, resistencia irregular, y amenaza explícita de convertir al país en un teatro de guerrilla prolongada si ocurriera una invasión terrestre.
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Disuasión estratégica venezolana mediante la amenaza de un “Irak o Afganistán 2.0”: El régimen busca convencer a EE.UU . de que cualquier incursión terrestre tendría un coste político y militar altísimo, provocando no sólo el hundimiento del endeble sistema económico y social venezolano sino un éxodo masivo de sus ciudadanos a países limítrofes con posibilidades de desestabilización regional.
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El régimen chavista tiene claras dos cosas: La ineficacia histórica del poder aéreo para producir cambios políticos decisivos ya que las campañas aéreas rara vez logran provocar transiciones de régimen, salvo la excepción de Serbia en la guerra de Bosnia-Herzegovina, lo que anticipa un probable estancamiento estratégico, y de la propia limitación autoimpuesta por Estados Unidos con una clara ausencia de voluntad de invasión terrestre lo que se traduce en una contradicción estratégica pues plantea objetivos de “cambio de régimen” y “limpieza hemisférica” generando una asimetría entre fines y medios al renunciar a la herramienta decisiva para lograrlos: la fuerza terrestre.
A medida de que se vayan desarrollando los acontecimientos, iremos actualizando la información.