En una victoria aplastante que marca un hito en la historia democrática de Costa Rica, la politóloga conservadora Laura Fernández, de 39 años, se impuso en la primera ronda de las elecciones presidenciales celebradas este domingo 1 de febrero de 2026. Representando al Partido Pueblo Soberano (PPSO), Fernández obtuvo aproximadamente el 48.5% de los votos con más del 88% de las mesas escrutadas, superando con holgura el umbral del 40% requerido para evitar una segunda vuelta, según datos preliminares del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE). Este resultado la posiciona como la segunda mujer en ocupar la presidencia costarricense, siguiendo los pasos de Laura Chinchilla (2010-2014), y consolida la continuidad del giro derechista iniciado por el actual mandatario Rodrigo Chaves.
Fernández, especialista en políticas públicas y gobernabilidad democrática, se presentó como la «heredera» de Chaves, de quien fue ministra de la Presidencia y de Planificación. Su campaña se centró en las preocupaciones primordiales de la población: la inseguridad y el crimen organizado, exacerbados por el narcotráfico. Prometió una «mano dura» contra estas amenazas, inspirada en modelos como el del presidente salvadoreño Nayib Bukele, y enfatizó reformas para despolitizar instituciones y promover un «gobierno de diálogo y concordia nacional». En su discurso de victoria, proclamó el inicio de la «Tercera República», abogando por cambios en la oposición, los partidos políticos y el rol de la prensa como servicio a la sociedad, lo que ha generado debates sobre posibles impactos en la libertad de expresión.
El segundo lugar lo ocupó Álvaro Ramos, del socialdemócrata Partido Liberación Nacional (PLN), con alrededor del 32.5%, quien concedió la derrota tempranamente. La participación electoral fue alta, alcanzando el 69.83%, reflejando el interés ciudadano en temas de seguridad en un país tradicionalmente pacífico pero afectado por el aumento de homicidios ligados al tráfico de cocaína. Fernández asumirá el cargo el 8 de mayo, heredando un legado de popularidad de Chaves y enfrentando desafíos como la fragmentación opositora y la necesidad de atraer inversiones para impulsar la economía. Este triunfo fortalece el viraje derechista en América Latina, priorizando políticas de orden público sobre enfoques tradicionales.
