En un giro dramático que eleva la tensión bilateral a niveles críticos, el presidente Donald Trump confirmó que Estados Unidos ejecutó su primer ataque en territorio venezolano como parte de la campaña contra el narcotráfico. Según declaraciones del mandatario, fuerzas estadounidenses –presuntamente mediante drones de la CIA– destruyeron un muelle y una instalación portuaria en la costa venezolana, utilizada supuestamente por el grupo criminal Tren de Aragua para cargar embarcaciones con drogas destinadas a rutas hacia Estados Unidos.
Desde septiembre, la administración Trump ha intensificado operaciones en el Caribe y el Pacífico oriental, hundiendo más de 31 embarcaciones sospechosas y causando al menos 107 muertes. Hasta ahora, los ataques se limitaban a aguas internacionales, pero el reciente golpe en tierra marca una escalada significativa. Trump describió la operación como un “éxito” contra “narcoterroristas” vinculados al régimen de Nicolás Maduro, aunque no reveló la ubicación exacta ni presentó evidencia pública de tráfico de drogas en el sitio.
El gobierno venezolano ha mantenido silencio sobre el incidente, mientras analistas advierten que esta acción podría interpretarse como violación de soberanía y acercar la región a un conflicto mayor. La frontera con Brasil ya registra tensión extrema, y expertos temen repercusiones en la estabilidad del Caribe. La Casa Blanca justifica las operaciones como defensa nacional ante el flujo de drogas, aunque críticos señalan que Venezuela representa una porción mínima del tráfico global hacia EE.UU.
Con esta ofensiva, la presión sobre Maduro alcanza un nuevo pico, en medio de un 2025 marcado por realineamientos geopolíticos y crecientes sanciones. El mundo observa con preocupación si 2026 comenzará con más acciones directas o con una crisis regional de impredecibles consecuencias.