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El Niño no es una noticia lejana de boletín meteorológico: es lo que explica por qué Guatemala lleva meses sin llover donde tocaba y ahora, de golpe, no para de llover donde menos se esperaba. El fenómeno consiste en un calentamiento anormal del Pacífico que desordena los patrones de lluvia en medio continente, y este año los expertos lo dan como uno de los más fuertes en más de siete décadas.

El Quiché es el ejemplo perfecto de cómo se siente esto en la vida real. Después de casi dos meses sin una gota de lluvia, la CONRED reportó en las últimas horas un derrumbe en la aldea Paguayil, Sacapulas, y una inundación en San Andrés Sajcabaja: 46 personas afectadas y al menos una vivienda con daños severos.

Lo que nadie explica en los comunicados oficiales es por qué un par de aguaceros bastan para tumbar una casa después de una sequía. Es simple: el suelo reseco pierde su capacidad de absorber agua, se vuelve polvo, y cuando la lluvia llega de golpe, en vez de filtrarse, arrastra todo lo que encuentra. Es el mismo patrón que meteorólogos e ingenieros agrónomos llevan meses advirtiendo para el occidente del país.

El Ministerio de Agricultura ya había proyectado que hasta el 96% del territorio agrícola registraría lluvias por debajo de lo esperado este trimestre, y al mismo tiempo anunciaba el giro contrario para septiembre, octubre y noviembre: lo que no llovió antes, cae de una vez. En la práctica, esto significa cosechas perdidas primero y ríos desbordados después, en las mismas comunidades y casi en el mismo mes.

Mientras El Niño se termina de consolidar, la recomendación es la de siempre, aunque nunca sobra repetirla: vigilancia constante en ríos y laderas, sobre todo en los departamentos que ya venían arrastrando el déficit de lluvia.

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