Javier Milei volvió a poner las Malvinas en el centro del tablero. En una cadena nacional este 4 de septiembre, el presidente argentino fue tajante: «Las Malvinas son argentinas por historia y por derecho: no hay discusión al respecto». Añadió que «corren vientos de cambio favorables» al reclamo y fue más lejos al cuestionar de fondo la autodeterminación de los isleños, a quienes describió como «población implantada en territorio usurpado».
No se quedó en el discurso. Anunció sanciones más duras contra empresas que operen sin autorización en el archipiélago —con la mira puesta en el proyecto petrolero Sea Lion, a 220 kilómetros al norte de las islas— y la construcción de una base naval en Tierra del Fuego.
La respuesta desde Londres no tardó. El secretario de Defensa, Wes Streeting, fue directo: «Las Malvinas son británicas porque los habitantes de las Malvinas eligen ser británicos. Nuestro compromiso con las islas es absoluto e inquebrantable». El canciller Ed Miliband apeló al referéndum de 2013, donde el 99,8% votó seguir siendo territorio británico, y sostuvo que ese derecho «se basa en el derecho internacional y lo defenderemos con firmeza».
Un round más de un pulso que ya lleva más de cuatro décadas sin resolverse.